Neptuno llora. Llora y sus lágrimas saladas se funden con las aguas del mar. No comprende a los seres que habitan la superficie de la tierra, ni el porqué le obligan un día si, y el otro también, a depositar sobre los acantilados y playas de nuestras costas a infortunados cuerpos de seres humanos, con fuertes hipotermias, maltrechos o muertos. Consecuencia de los desesperados intentos de inmigrantes que intentan alcanzar las costas españolas en cayucos. Él eligió el mar como morada. ¿Quizás intuía las flaquezas del ser humano? El éxodo de estos seres que en un denodado esfuerzo intentan escapar de la miseria, opresión o vete a saber que mil penurias, obligándoles a salir de su país de origen y subir a bordo de tan frágiles embarcaciones, enarbolando por única bandera los colores de la esperanza combinados con los del miedo, con maldita frecuencia, se convierte para muchos en un viaje sin retorno.
Con asiduidad nos informamos en prensa y otros medios, de la aparición de personas muertas en nuestras costas o de que encontraron a la deriva una embarcación cuyos tripulantes exhaustos cambiaron un ‘sin rumbo en su tierra’ por un ‘sin rumbo en el mar’.
La Cruz Roja, se convierte en muchas ocasiones en un emblema de confianza para ellos, hasta el punto de que solo distinguirla en el lejano horizonte, se enciende en sus corazones un pálpito de confianza. Desean alcanzarla para que con su blanca tela y roja cruz les de cobijo, aplaque su hambruna y ¿Quién sabe? Les libre de una posible repatriación.
Mientras las naciones más ricas gastan cantidades ingentes de dinero buscando el ‘poder’, otros mueren por no ‘poder’ con su carga de infortunios. ¿Algo se tendrá que hacer para que esto termine? No es la solución negarnos a mirar de frente la cruda realidad, por habitual que nos parezca. Como dice el ilustre Don Antonio Machado: “Peor que ver la realidad oscura, es no querer verla”.