Tratamiento de las obturaciones en los sistemas de riego con emisores de bajo espesor.

El título de esta conferencia quizás no resulte el más adecuado, ya que puede dar lugar a falsas expectativas y contiene un posible elemento de engaño.
Las obturaciones propiamente dichas, en las conducciones de bajo espesor comúnmente denominadas «cintas», pueden evitarse, pueden paliarse, pero difícilmente pueden tratarse. Son una especie de enfermedad crónica que, una vez contraída, resulta irreversible y lo único que podemos hacer es aliviar los sufrimientos del paciente, pero en la seguridad de que no le vamos a curar; nos es del todo imposible restaurarle a un estado de plena salud.
Me dirán que esta es una postura maximalista y que sí que existen soluciones para desatascar los emisores de goteo de cualquier producto, siempre y cuando podamos identificar con seguridad los factores causantes. Cierto; pero yo me estoy refiriendo a soluciones prácticas, soluciones económicas, que puedan ser adoptadas por un agricultor sin conocimientos específicos y por tanto reitero lo dicho: una vez obturada una «cinta» de riego, no existen soluciones eficaces y prácticas al alcance del usuario que nos permitan devolver a la cinta su rendimiento pleno.
Vamos a dedicar unos minutos a analizar las características básicas de los productos que denominamos «cintas» y enseguida apreciaremos porqué esta «enfermedad» si permitimos el contagio, resulta en tantos casos irreversible.
Las cintas de riego por goteo aparecieron en el mercado hace unos veinticinco años y, a lo largo de todo este periodo, han sufrido una evolución paulatina y constante que ha transformado su rendimiento y las ha hecho mucho más útiles en manos de personas que no disponen de sofisticados conocimientos técnicos.
Las primeras cintas no eran más que unas

¿A que conclusión llegamos pues, que antes se obturaban las cintas y ahora no? Más bien lo contrario. Antes las cintas las manejaban unos pocos con aguas de impecable calidad -ahora tienen, sólo en España, miles de usuarios y la calidad de las aguas de riego ha sufrido un deterioro dramático.

¿Qué quiero decir con esto? Que a pesar de las mejoras logradas y las que aún quedan por lograr, las cintas se obturan y se obturarán siempre, debido precisamente a las características hidráulicas básicas que las hacen tan atractivas para el usuario. Me refiero a la mínima distancia que existe entre emisor y emisor y el reducido caudal emitido por cada uno, características que se traducen en el campo en una extraordinaria uniformidad de distribución de agua a lo largo de un recorrido muy importante - 100, 150, 200 metros son longitudes alcanzables con cintas de diámetro «standard» (16 - 17 mm) y hasta 350 - 400 metros con las de 22 mm de Ø. ¿Qué otros sistemas permiten alcanzar estas longitudes, esta uniformidad y estos consumos tan reducidos de agua y todo ello a un presión tan reducida, del orden de los 5 - 7 metros? Claro que no los hay - las cintas ofrecen, en solitario, estas ventajas, pero intrínseco de estas cualidades está su talón de Aquiles, su relativa sensibilidad a la obturación.

Nuestro hipotético usuario ha de comprender las características del producto que pretende utilizar, pero además, tanto o más importante, ha de conocer las características del agua que emplea, características que fácilmente pueden variar a lo largo de una temporada de riego y además ha de saber como reaccionará este agua con los diversos productos químicos que pretende emplear en su sistema. Una serie de incógnitas cuya interrelación resulta imprevisible a simple vista.
¿Quizás estemos pretendiendo demasiado?
Permítanme que les cuente una anécdota.
Desde hace diez o doce años hemos venido regando unos pequeños campos de mi propiedad, mediante las cintas que nuestra compañía comercializa y utilizando siempre las mismas aguas. Éstas, que proceden de un pozo abierto pasan a través de un sencillo filtro de doble malla de 140 mesh y de allí a la cinta de riego y no nos han causado problema alguno a lo largo de todos estos años. Frecuentemente la cinta se ha vuelto a utilizar durante dos o más temporadas, deshaciéndonos de ella al final, debido a los daños mecánicos sufridos y no a causa de la obturación.
Todos los años abonamos con un abono compuesto comercial en forma líquida y con tendencia ácida. Sin problemas.
El verano pasado utilizamos esta misma agua para llenar una piscina nueva. Gozamos del espectáculo del agua cristalina brillando al sol, dejamos el equipo automático de filtración y tratamiento de cloro en marcha y nos retiramos.
Imagínense la sorpresa la mañana siguiente -a las veinticuatro horas de la inauguración prevista con todos los amigos- en lugar de un agua brillante y transparente teníamos, con perdón «Cocacola»! - Claro! - pensamos, siempre hemos sabido que había hierro en el agua (aunque, por supuesto, no la habíamos analizado!) o sea que tuvimos que echar mano de un floculante y eliminar el hierro oxidado del agua.
Efectivamente, a las doce horas de introducir el floculante tuvimos otra vez el agua cristalina y con un poso impresionante de flóculos de óxido de hierro en el fondo de la piscina. Fue un trabajo de un par de horas eliminarlo con el limpia fondos y a disfrutar de la piscina.
¿Por qué cuento esta pequeña historia? Porque si esto me pasó a mi que, en teoría, debería estar al tanto de estas cosas y haber tomado todas las precauciones, cuanto más puede pasarle a un agricultor que, a lo mejor, no tiene ninguna preparación técnica. Una situación que, en una piscina no pasa de una curiosidad anecdótica, podría tener consecuencias catastróficas en una instalación de riego por goteo. Imagínense por un momento que a nuestro agricultor, acostumbrado a utilizar un agua no conflictiva, se le ocurre hacer un tratamiento con cloro, oxida el hierro y sin darse cuenta de lo que está haciendo, pasa a continuación a hacer un tratamiento de ácido que provoca la precipitación y se encuentra con su cinta misteriosamente obturada con una pasta rojiza que, inconscientemente, él mismo ha introducido en su sistema de riego.

¿Qué procedimientos podemos recomendar pues para que pueda trabajar con tranquilidad y disfrutar de las excelentes cualidades de su sistema de riego?


Muy brevemente voy a detallar algunos de ellos:
En primer lugar filtrar: filtrar el agua de cualquier procedencia; si es de pozo profundo, para eliminar la arena que pueda tener en suspensión; si es de pozo abierto, para eliminar arena y suciedad que pueda haberse introducido e incluso a veces materia orgánica; si procede de un canal o río, para eliminar las cargas de material en suspensión que siempre llevan estas aguas y si procede de una balsa o pantano, estar siempre al tanto de la posibilidad de que críen algas en el agua y que éstas pueden multiplicarse muy rápidamente en función de relativamente pequeños cambios de temperatura; si el agua procede de pozo y se vierte a un depósito de construcción permanente, siempre es recomendable cubrirlo para evitar la entrada de luz. Esta pequeña inversión se recupera con creces al evitar problemas y reducir los costes de la filtración.
No tenemos tiempo ahora para explicar los principios de la filtración pero una cosa que sí quiero destacar es la importancia de un contralavado adecuado en los filtros de arena. Éstos siempre han de montarse en batería para permitir el contralavado con agua limpia y esta operación ha de efectuarse de un modo correcto para eliminar todo rastro de suciedad en la media filtrante. Parece muy sencillo, pero les puedo asegurar que muy pocos usuarios entienden lo que están haciendo cuando realizan esta operación.

A continuación le recomendaría a nuestro usuario, «experimentar». Por experimentar quiero decir que determine -prácticamente- las reacciones que caben esperar si utiliza con sus aguas de riego, determinados productos químicos. Por supuesto estas indicaciones son meramente orientativas, no exhaustivas, pero pueden servir como pautas a seguir.


Lo que sugerimos no requiere conocimiento técnico alguno, sino simplemente una metodología y una capacidad de observación.
En un recipiente de plástico, preferentemente translúcido, por ejemplo de polietileno, se coloca una cantidad determinada de agua de riego, por ejemplo 25 litros. Se le añade una dosis excesiva del abono a emplear por ejemplo al 5% (1,25 litros o kgs. si se trata de un abono sólido soluble). Se remueve y se deja en reposo 24 horas para determinar si queda algún poso en el fondo del recipiente. Si supera la primera prueba y no observamos precipitados, pasamos a añadir cloro a la mezcla, tanto en forma líquida como si se quiere en forma de pastillas. También debe utilizarse una dosis excesiva ya que se trata de provocar una reacción, para saber si existe riesgo de precipitación. Si al cabo de 24 horas más, no tenemos ningún precipitado, pasamos a agregar ácido, normalmente nítrico, siguiendo los mismos criterios que antes, o sea, una dosis excesiva y desproporcionada. Si seguimos sin precipitados apreciables, podemos trabajar en la confianza que los productos que empleamos son químicamente compatibles. Si no es así y observamos un precipitado que nos podría provocar problemas en la cinta, es el momento de pedir ayuda a un técnico competente, que nos pueda indicar qué cambios hemos de introducir para evitar problemas. Un sistema indicativo y muy sencillo pero que puede servir para evitarnos un serio disgusto y los problemas de la pérdida de toda una cosecha.
Si hay un riesgo probado de precipitados y podemos demostrar que éstos se producen de forma muy rápida, existe la solución de introducir los productos químicos antes de un buen cabezal de filtros de arena lo que nos permite eliminar los precipitados en el contralavado. En términos generales, otros tipos de filtros no sirven para separar este tipo de contaminante.
Finalmente quiero añadir otra recomendación que parece de «cajón» pero que, por desgracia, raramente se adopta. Me refiero al control contable del consumo de agua.
Sin excepción, todos los sistemas de riego por goteo tienden a perder rendimiento, o sea el caudal emitido tiende a disminuir, a lo largo de su vida operativa. Mediante el empleo de un simple contador podemos controlar este proceso que nos avisa a tiempo si los goteros han empezado a perder rendimiento. Por supuesto que un sistema sofisticado y automatizado lleva incorporados estos elementos de control, pero y no nos engañemos, la mayoría de los sistemas y más aún los sistemas que trabajan con cintas, no disponen de método alguno para controlar el consumo de agua.
El coste de estos aparatos es francamente insignificante al lado del servicio que nos pueden prestar al avisarnos a tiempo, de cualquier problema incipiente.
Resumamos en cuatro palabras lo que hemos intentado exponer: