El título de esta conferencia quizás no resulte el más adecuado, ya que puede dar lugar a falsas expectativas y contiene un posible elemento de engaño.
Las obturaciones propiamente dichas, en las conducciones de bajo espesor comúnmente denominadas «cintas», pueden evitarse, pueden paliarse, pero difícilmente pueden tratarse. Son una especie de enfermedad crónica que, una vez contraída, resulta irreversible y lo único que podemos hacer es aliviar los sufrimientos del paciente, pero en la seguridad de que no le vamos a curar; nos es del todo imposible restaurarle a un estado de plena salud.
Me dirán que esta es una postura maximalista y que sí que existen soluciones para desatascar los emisores de goteo de cualquier producto, siempre y cuando podamos identificar con seguridad los factores causantes. Cierto; pero yo me estoy refiriendo a soluciones prácticas, soluciones económicas, que puedan ser adoptadas por un agricultor sin conocimientos específicos y por tanto reitero lo dicho: una vez obturada una «cinta» de riego, no existen soluciones eficaces y prácticas al alcance del usuario que nos permitan devolver a la cinta su rendimiento pleno.
Vamos a dedicar unos minutos a analizar las características básicas de los productos que denominamos «cintas» y enseguida apreciaremos porqué esta «enfermedad» si permitimos el contagio, resulta en tantos casos irreversible.
Las cintas de riego por goteo aparecieron en el mercado hace unos veinticinco años y, a lo largo de todo este periodo, han sufrido una evolución paulatina y constante que ha transformado su rendimiento y las ha hecho mucho más útiles en manos de personas que no disponen de sofisticados conocimientos técnicos.
Las primeras cintas no eran más que unas
Finalmente, y aquí he dado un salto de al menos diez años con todo un seguido de modificaciones y mejoras, llegaron las cintas de última generación
¿Qué quiero decir con esto? Que a pesar de las mejoras logradas y las que aún quedan por lograr, las cintas se obturan y se obturarán siempre, debido precisamente a las características hidráulicas básicas que las hacen tan atractivas para el usuario. Me refiero a la mínima distancia que existe entre emisor y emisor y el reducido caudal emitido por cada uno, características que se traducen en el campo en una extraordinaria uniformidad de distribución de agua a lo largo de un recorrido muy importante - 100, 150, 200 metros son longitudes alcanzables con cintas de diámetro «standard» (16 - 17 mm) y hasta 350 - 400 metros con las de 22 mm de Ø. ¿Qué otros sistemas permiten alcanzar estas longitudes, esta uniformidad y estos consumos tan reducidos de agua y todo ello a un presión tan reducida, del orden de los 5 - 7 metros? Claro que no los hay - las cintas ofrecen, en solitario, estas ventajas, pero intrínseco de estas cualidades está su talón de Aquiles, su relativa sensibilidad a la obturación.
Nuestro hipotético usuario ha de comprender las características del producto que pretende utilizar, pero además, tanto o más importante, ha de conocer las características del agua que emplea, características que fácilmente pueden variar a lo largo de una temporada de riego y además ha de saber como reaccionará este agua con los diversos productos químicos que pretende emplear en su sistema. Una serie de incógnitas cuya interrelación resulta imprevisible a simple vista.
¿Quizás estemos pretendiendo demasiado?
Permítanme que les cuente una anécdota.
Desde hace diez o doce años hemos venido regando unos pequeños campos de mi propiedad, mediante las cintas que nuestra compañía comercializa y utilizando siempre las mismas aguas. Éstas, que proceden de un pozo abierto pasan a través de un sencillo filtro de doble malla de 140 mesh y de allí a la cinta de riego y no nos han causado problema alguno a lo largo de todos estos años. Frecuentemente la cinta se ha vuelto a utilizar durante dos o más temporadas, deshaciéndonos de ella al final, debido a los daños mecánicos sufridos y no a causa de la obturación.
Todos los años abonamos con un abono compuesto comercial en forma líquida y con tendencia ácida. Sin problemas.
El verano pasado utilizamos esta misma agua para llenar una piscina nueva. Gozamos del espectáculo del agua cristalina brillando al sol, dejamos el equipo automático de filtración y tratamiento de cloro en marcha y nos retiramos.
Imagínense la sorpresa la mañana siguiente -a las veinticuatro horas de la inauguración prevista con todos los amigos- en lugar de un agua brillante y transparente teníamos, con perdón «Cocacola»!
- Claro! - pensamos, siempre hemos sabido que había hierro en el agua (aunque, por supuesto, no la habíamos analizado!) o sea que tuvimos que echar mano de un floculante y eliminar el hierro oxidado del agua.
Efectivamente, a las doce horas de introducir el floculante tuvimos otra vez el agua cristalina y con un poso impresionante de flóculos de óxido de hierro en el fondo de la piscina. Fue un trabajo de un par de horas eliminarlo con el limpia fondos y a disfrutar de la piscina.
¿Por qué cuento esta pequeña historia? Porque si esto me pasó a mi que, en teoría, debería estar al tanto de estas cosas y haber tomado todas las precauciones, cuanto más puede pasarle a un agricultor que, a lo mejor, no tiene ninguna preparación técnica. Una situación que, en una piscina no pasa de una curiosidad anecdótica, podría tener consecuencias catastróficas en una instalación de riego por goteo. Imagínense por un momento que a nuestro agricultor, acostumbrado a utilizar un agua no conflictiva, se le ocurre hacer un tratamiento con cloro, oxida el hierro y sin darse cuenta de lo que está haciendo, pasa a continuación a hacer un tratamiento de ácido que provoca la precipitación y se encuentra con su cinta misteriosamente obturada con una pasta rojiza que, inconscientemente, él mismo ha introducido en su sistema de riego.